En mi adolescencia, durante algunas sesiones de skate en las noches frías de Manizales, donde tratábamos de sacar trucos posibles para chicos imposibles, fumábamos cigarrillos Derby y compartíamos una cerveza entre 4, recuerdo haber considerado por primera vez el significado de la palabra “amor”.
Yo, un joven con ínfulas de rebeldía, pantalones anchos, camiseta de The Offspring, pelo largo y más delgado que un espagueti viejo, compartía palabras con otros adolescentes que nos miraban mientras tomaban aguardiente, el debate era sencillo: Qué sensación me producía el Vallenato, aquella horripilante combinación de cultura traqueta y sonidos desiguales y complejos.
En un momento, uno de aquellos aguardienteros entonaba una de esas canciones y me dijo algo que me quedó grabado para siempre:
“Espere y verá que se enamore, ahí le va a empezar a gustar”.
Hasta el día de hoy, después de 4 amores que me llevaron a la lona, después de lágrimas, licores, destrucción y más licores, todavía no me gusta el vallenato (así es, ni el “viejito”), hasta el día de hoy me pregunto, ¿será que nunca me he enamorado?.



